A través de diversos talleres y actividades, la obra diacónica de la Congregación Evangélica de San Antonio abre las puertas de la iglesia a toda la ciudad. Hoy buscan mejorar el equipamiento y sumar talleristas ante una demanda creciente.

A la hora de la siesta, cuando en Entre Ríos el ritmo parece detenerse, el Salón Esperanza de la parroquia de Gualeguaychú se llena de vida. Se siente olor a budín recién salido del horno, se escuchan las risas de los chicos y chicas jugando a la mancha, sus madres colaboran en la cocina y en una ronda alguien pide por el techo de su casa o por un amigo que atraviesa un mal momento.
Así se ve La Cigarra, una de las cuatro obras diacónicas de la Congregación Evangélica San Antonio (CESA), de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, acompañada por la Fundación Hora de Obrar. El espacio nació para abrir las puertas de la iglesia y salir al encuentro de la ciudad con una propuesta centrada en el cuidado comunitario y la promoción de derechos de la infancia, las juventudes y las mujeres.
La Cigarra dio sus primeros pasos en 2009 y desde 2011 funciona de forma ininterrumpida. Cada semana, más de 70 chicas, chicos y adolescentes participan de talleres de cocina, apoyo escolar, contención emocional y catequesis, a los que se suma un taller de velas para mujeres.
Un bicho que canta a la siesta (y que a veces incomoda)
Norma Hermann, miembro de la CESA y actual Secretaria de la Junta Directiva de la IERP, es trabajadora social y acompaña La Cigarra desde sus comienzos. Cuando le preguntan por el nombre de la obra diacónica, explica que se trata un bicho bien entrerriano que anda a la siesta y hace ruido.
“La diaconía en las iglesias muchas veces cumple ese rol de molestar, de incomodar, de decir: ¿qué pasa acá?”, cuenta Norma. El nombre guarda también un guiño a la canción de María Elena Walsh, esa que habla de una vida que cae muchas veces y vuelve a levantarse. Norma lee esa letra en clave de resurrección y servicio: «Es Jesús mismo quien nos invita a abrir las puertas, quien nos lleva de su mano a caminar junto con otros».
La idea que le dio origen al espacio sigue intacta: abrir la comunidad, ofrecer un espacio de escucha, contención y promoción de derechos para niñas, niños, adolescentes y mujeres, y acercar el Evangelio a quienes no conocen la vida de la iglesia. En palabras de Norma, es buscar nuevas formas de ser iglesia. “Es mostrarles a los chicos que la iglesia también es hacer un taller de cocina, encontrarse con mujeres, hablar con los adolescentes. Y que otro mundo es posible.”
De la puerta para adentro
La Cigarra sostiene talleres de cocina, apoyo escolar, emociones y velas para mujeres. Cada quince días, los sábados, la catequesis reúne a unos veinticinco chicos y chicas. Y en el medio de todo, siempre, la merienda que preparan las voluntarias.
En este espacio cotidiano llama la atención un detalle: nadie usa el celular. Natalia Galop, coordinadora de La Cigarra, cree que ahí hay una pista. “No es solo la crisis económica que estamos pasando todos; hay una crisis en lo vincular, y La Cigarra ofrece ser sostén, ser integración.”
En el taller de emociones se juega, se escucha y se medita. Se habla de bullying, de respeto, de cómo comunicarse y también de la alegría. Melanie, una de las talleristas, lo explica así: “Queremos que los chicos y las chicas se lleven herramientas para gestionar sus emociones y que reconozcan sus talentos para ponerlos al servicio de otros”. Ana, de diez años, recuerda el juego del ovillo de lana con el que armaron una telaraña colectiva. «Vengo a jugar con mis compañeros, a dibujar, a olvidarme de todo lo malo que me pasa”.


La cocina enseña mucho más que recetas. Patricia, mamá de Tadeo, nota los cambios en su hijo: “Se lleva paciencia. En la cocina tenés que aprender a esperar”. Cada viernes, Tadeo repite en su casa la receta aprendida en la semana para compartirla con su papá, que trabaja fuera de la casa. Baltasar, de once años, ya tiene claro para qué le sirve: “Puedo aprender para cuando sea grande, para ayudar a mi mamá”. Con el grupo de adolescentes el desafío crece e incluye aprender a manejar el horno, la limpieza y la posibilidad de iniciar emprendimientos propios.
Antonella, una de las talleristas de apoyo escolar, busca que el aprendizaje sea dinámico y compartido. Llegan chicos de la manzana de al lado, del barrio del cementerio, del barrio Norte. Natalia Galop destaca que en el Salón Esperanza esas diferencias desaparecen: “Acá se igualan. Los chicos se apropiaron de este lugar. Hicieron de La Cigarra un hogar.”
Una fe que se agradece en voz alta
Cada mes, los talleres se organizan alrededor de ejes temáticos. “La diaconía es acción, pero también hay que tener un sentido para dirigir esa acción”, explica Natalia. Así, en la cocina se trabaja con recetas inspiradas en la naturaleza y en emociones se conecta la autoestima con el cuidado del ambiente, entendiendo que las personas también son parte de la creación.
La fe aparece en gestos simples. Patricia, una de las talleristas de cocina y catequista, cuenta que con los chicos siempre agradecen por estar ahí, por lo que tienen, porque sus familias los traen. “Los chicos piden mucho también: por su casa, su techo, por algún amiguito que está mal, por alguien que está enfermo.” Para ella, eso es justamente lo que hace distinto a La Cigarra.


Familias que llegan y se quedan
El taller de velas nació de una ofrenda. Una mamá de una de las nenas se acercó y dijo que sabía hacer velas y que quería enseñar. Armó una propuesta de ocho encuentros, y lo que pasó superó cualquier plan. “Se formó un grupo hermoso. Venimos, nos reímos, aprendemos, nos abrazamos, lloramos”, cuenta una de las participantes. Hay mamás de los chicos que van a los talleres, catequistas, vecinas y señoras grandes que no esperaban encontrar un espacio así.
Para muchas de esas mujeres, que cargan con buena parte del cuidado de sus casas, esa hora y media es tiempo propio. Una comunidad de fe que cuida ese tiempo también está diciendo que el cuidado no puede recaer siempre en las mismas manos, y que quienes cuidan merecen ser cuidadas.

La misma participante lo resume con una frase que podría ser el lema de todo el proyecto: “Ya no es vengo y me voy. Vengo y soy parte de este espacio. Soy la que pone las sillas, la que guarda, la que lava. Es mi lugar”.
Esa pertenencia se ve en todos lados. Las mamás se turnan para ayudar en cocina y lavar, donan packs de leche, kilos de harina, materiales de arte. «Uno nota a la familia presente”, dice Patricia, “y eso los chicos lo van a ver en el futuro: que mamá, papá, alguien estuvo acompañando en algún momento de su vida”.
La mamá de Juanita, una nena más bien introvertida que asiste hace dos años y encontró amigas destaca el ambiente que se respira: «Hay mucha humanidad acá, mucha contención y mucha paciencia».

Una congregación que aprendió a servir tejiendo
La Cigarra es fruto de una larga tradición diacónica de la CESA, una congregación que reúne diez comunidades urbanas y rurales en la región.
Betina Wagner, integrante de la CESA, quien presidió la congregación durante seis años y hoy acompaña la gestión administrativa de La Cigarra, conoce esa historia desde adentro. “Siempre cuentan que la diaconía surgió de las mujeres”. Eran los grupos que cosían, arreglaban ropa y tejían mantas para los chicos o para llevar a los hospitales. “Ahí empieza a nacer este sentido del dar, del hacer algo, de buscar dónde poder ayudar».
De esa raíz crecieron cuatro obras que sostiene toda la congregación: la caja de emergencia, que presta elementos ortopédicos y acompaña con ayuda económica en situaciones de salud; el hogar de adolescentes de Urdinarrain, hoy convertido en centro de día; la colonia de ancianos, que acaba de cumplir treinta años; y La Cigarra, la más joven.
“El mandato de Jesús es salir, hacer, dar testimonio de amor. Cada una de las obras diacónicas está atravesada por ese amor, por esa entrega de Jesús sin pedir nada a cambio”, reflexiona Betina sobre la identidad de estas iniciativas. Aunque reconoce que abrir las puertas del templo a realidades diversas genera tensiones, sostiene que resultaron transformadoras: “Dejamos de ser siempre los mismos. Empezamos a abrirnos, a mirar diferente, a construir diferente.”
Las que cuidan también son transformadas
Quienes sostienen La Cigarra hablan de ella con una mezcla de orgullo y ternura que se contagia. Norma Hermann lo pone en primera persona: “Fui transformada por el proyecto, así como el proyecto también es otro distinto al que nació. Me transformó en mi modo de ser, de construir la iglesia, de pertenecer a ella. Me llevo muchas alegrías y el saber que solamente con otros se puede construir un mundo diferente”.

Una de las talleristas de cocina empezó como alumna, en un taller de arte con materiales reciclados. Se le ilumina la voz cuando habla de lo que recibe: “Paz. Tranquilidad. Haber hecho algo por alguien sin pedir nada a cambio. Que te vean en la calle y te digan ‘hola, seño’, ‘gracias, seño’. Las caritas de ellos son suficiente”. Y agrega: “Yo entro acá, de la puerta para adentro, y para mí es otro mundo”.
Natalia misma cuenta que no encontraba su lugar hasta que llegó a La Cigarra. “Siento que no venimos solamente a trabajar. Venimos a dejar una huella en las personas.”
Que la cigarra siga cantando
Este año, gracias a un trabajo de equipo muy comprometido para dar a conocer las actividades, La Cigarra pasó a recibir más de setenta chicos y chicas, duplicando el servicio de meriendas diario.
Sin embargo el entusiasmo choca con límites muy concretos. Hay veinte chicos en lista de espera por falta de espacio, mobiliario y herramientas. Las mesas y banquetas son contadas, hace falta equipamiento de cocina y es urgente acondicionar un baño adicional para la cantidad de asistentes. “Eso te condiciona a recibir menos personas”, explica Natalia. Betina lo dice con la misma claridad: “Podríamos trabajar con más niños, pero tendríamos que abrir otro taller, tener otra tallerista”.
Con 19 adolescentes participando activamente, emergen problemáticas complejas como el bullying, las adicciones y la salud mental. El equipo busca capacitarse y convocar profesionales especializados para brindar un acompañamiento adecuado, que preserve también la salud emocional de sus talleristas.
Cada tarde en el Salón Esperanza se confirma que con muy pocos recursos transforma la vida cotidiana de muchas personas. Para que nadie se quede afuera, la solidaridad comunitaria es indispensable.
Se puede colaborar con el sostenimiento de esta obra a través de una donación a la Fundación Hora de Obrar. Cada aporte permite garantizar una merienda compartida, adquirir insumos de cocina y sumar el equipamiento necesario para que más chicos y chicas salgan de la lista de espera.
Quienes viven en Gualeguaychú también pueden acercar útiles escolares, materiales de arte o insumos de cocina al Salón Esperanza, en Santa Fe 144, o colaborar difundiendo las actividades de La Cigarra en sus redes sociales.
La Cigarra canta a la siesta para que nadie se olvide de que la iglesia es una mesa llena de harina, una ronda de oración y un espacio de pertenencia. Sumate para que ese canto llegue cada vez a más personas.