En la sede de Iglesia Reformada, en el sur de la ciudad de Buenos Aires, cuatro mujeres preparan las viandas para personas en situación de calle, jubilados y jubiladas y familias vulnerables en un contexto de crecientes dificultades.

A media cuadra de la autopista que conecta la capital con el sur del conurbano bonaerense, en un barrio atravesado por la desigualdad, las hornallas ya están prendidas y las ollas humeando. Hoy hay guiso de fideos moñito con salsa de verduras y carne. En el fondo del patio de la Iglesia Reformada Argentina de Barracas, Andrea, María, Laura y su hija, Kiara, despejan la mesa, cuentan cuánta gente se acercará hoy, separan la fruta, las galletitas y el pan que acompañará la comida fuerte, mientras conversan.
Gerardo Oberman tiene 35 años de trabajo pastoral. “Nunca he visto tanta necesidad económica, de afecto, de contención como en estos dos o tres últimos años”. El comedor nació cuando la pandemia dejó sin ingresos a los trabajadores de la feria “Los Patos”, de Parque Patricios y actualmente, atiende a personas en situación de calle y jubiladas que no llegan a fin de mes. “Somos una iglesia que no se conforma solamente con celebrar su fe los domingos”, explica.


En la vereda, Natalia González, saluda a María y espera que le alcance su vianda, como hace seis años: «Me ayudaron un montón, sinceramente. No quisiera que se vayan”. Ella, junto a su marido y cinco hijos, enfrenta la inminente pérdida de su vivienda y la falta de empleo. Hace changas de limpieza y cuida ancianos. Complementa con el ingreso de un programa social del Estado, cuya eliminación acaba de ser anunciada por el gobierno de Milei. En un país donde la jubilación mínima queda por debajo del costo de la canasta básica y la inflación erosiona mes a mes los ingresos fijos, el comedor se volvió una referencia estable.
También espera Ismael, de 63, ex combatiente en la Guerra de Malvinas. Vive solo, tiene discapacidad y todavía no puede jubilarse. “Esto me ayuda bastante. Estoy orgulloso de haber servido a mi patria y gracias al comedor sigo muy bien”. Retira viandas los lunes, miércoles y viernes, hace más de dos años y así encontró algo más. “Conocí un compañero acá. Él me da fuerza para seguir adelante”.
Quique y Emiliano se apoyan contra un auto estacionado. Viven en el puente hace muchos años, cuentan que quieren salir de la situación de calle, que quieren trabajar. “Este comedor ayuda muchísimo a la gente que lo necesita realmente».

Las mujeres paran la olla
Cocinan, organizan, gestionan donaciones, limpian y acomodan. Conocen a Natalia, Ismael, Quique, Emiliano, como a cada una de las personas que semanalmente se acercan al comedor. Trabajan de manera voluntaria. “Hacemos esto de corazón”.
María se ocupa de la panadería. Vive en Rafael Calzada, a unos 30 kilómetros de la ciudad, y se levanta a las cinco y media de la mañana.Toma un colectivo, después el tren y después otro colectivo. A veces llega a las ocho, a veces a las nueve. “Estamos hasta las tres de la tarde. A veces hasta las cuatro o cinco”. Los días de lluvia o de paro, muchas veces no pueden llegar. “Nos ha pasado que nos tuvimos que quedar a dormir acá”, relata Laura, que está al frente del comedor, busca la mercadería, controla el stock y organiza la logística. Su mamá, Andrea, prepara la comida en cantidad.
Para poder mantenerse, Laura tuvo que buscar otro trabajo. Con el apoyo gestionado por Gerardo, logró montar un microemprendimiento donde vende pizzas, empanadas y pan. «Era la única manera de poder continuar acá». Su hija, que también la acompaña, está estudiando la tecnicatura en alimentos.
Laura sabe lo que es no tener para comer y cuando lo comparte, no puede contener la emoción: “Es como que te parte el alma, ¿viste?” Allí encuentra su motivación. Aunque a veces siente ganas de rendirse, su compromiso prevalece. «Y así sigo. Sigo igual.»


Cómo acompañar
“Yo esperaría que el comedor no tenga que existir porque cada quien tiene lo suficiente para vivir con dignidad”. Con ese sueño en el horizonte, el pastor Oberman camina hacia objetivos más concretos y alcanzables: “Quisiera que las personas que vienen a poner el cuerpo para cocinar, puedan tener también un sustento por su trabajo y que el alimento que podamos dar sea de calidad”.
Cada aporte ayuda a que el comedor “Que a nadie le falte” pueda seguir funcionando y acompañando a quienes hoy no tienen otra alternativa.
“Es sumamente importante que la gran familia de la fe abrace solidariamente y comparta el apoyo a quienes más lo necesitan”, cierra Oberman: “Es el mandato que nos dejó Jesús”.
Para colaborar podés comunicarte a goberman@iglesiasreformadas.org.ar ó al +54 9 11 5889-2325.

Desde la Fundación Hora de Obrar acompañamos iniciativas comunitarias como el comedor popular “Que a nadie le falte”. A través de la campaña de asistencia alimentaria, buscamos acercar alimentos a 14 centros comunitarios que acompañan a más de 1.500 personas en contextos de vulnerabilidad. Sumate con tu donación y hagamos esto posible.
Contacto: daiana.laguna@horadeobrar.org.ar