La migración desde el sur: una llamada profética desde la fe

Masivo paso de migrantes de Marruecos a Ceuta: EFE – Página 12

Por Nicolás Rosenthal

Apenas nos pusimos en dos pies
Comenzamos a migrar por la sabana
Siguiendo la manada de bisontes
Más allá del horizonte
A nuevas tierras, lejanas
Los niños a la espalda y expectantes
Los ojos en alerta, todo oídos
Olfateando aquel desconcertante paisaje nuevo, desconocido
Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias sino equipaje
Vamos con el polen en el viento
Estamos vivos porque estamos en movimiento
Nunca estamos quietos, somos trashumantes
Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño que lo que toco
Yo no soy de aquí
Pero tú tampoco

(Movimiento: Jorge Drexler)

Esta hermosa letra del cantautor uruguayo Jorge Drexler, hijo él mismo de un inmigrante que huía del nazismo, nos recuerda que toda la humanidad es básicamente migrante. No sólo porque durante 300.000 años fuimos nómades hasta tan sólo 12.000 años atrás, sino porque aún en este corto período desde que nos volvimos sedentarios los seres humanos hemos estado en constante movimiento, debido a factores climáticos, crisis alimentarias, guerras, pestes, persecución religiosa o política, razones económicas o la simple curiosidad. Sociedades como la argentina tienen un alto componente migrante. Pero incluso si analizáramos genéticamente pueblos que parecen más «homogéneos», veríamos que son el producto moderno de diversas corrientes migratorias. Creo que no existe persona que, si revisa un poco su árbol genealógico algunas generaciones hacia atrás, no encuentre una o varias personas migrantes en el mismo.

Las personas migrantes suelen ser las que realizan aquellas tareas que otros sectores de la sociedad no quieren realizar, por ser muy esforzadas o considerarlas indignas. Su condición migrante, muchas veces floja de papeles, y la desesperación por poder encontrar techo y alimentación seguros, las llevan a aceptar las peores tareas, aquellas que en tiempos del esclavismo solían quedar relegadas a las personas esclavas. Pero también se dan los casos de personas muy formadas, intelectuales, científicas, artistas, que llegan a los países del norte global buscando mejores oportunidades y son las que terminan determinando en esos países los grandes avances en sus campos.

La Biblia nos relata muchas historias de migrantes, comenzando por el periplo del propio Abraham, su nieto Jacob y las peripecias de José y sus hermanos, que serán el origen de una frase clave de la liturgia judía: «mi padre fue un arameo errante». Incluso todo el pueblo judío vive como forastero en tierras egipcias antes del éxodo. El amor divino se manifiesta a través de personas extranjeras, como en el caso de Rut. Y hasta el propio Jesús debe migrar en determinado momento con José y María a Egipto.

Sin embargo, en tiempos difíciles, las personas migrantes se convierten lamentablemente en el chivo expiatorio ideal, alguien en quien recargar las culpas y fallas de una sociedad entera. Es lo que vivimos hoy en día, con un agravante: la manipulación masiva, o mejor dicho, de las masas, a través de las fake news, el lenguaje de odio y los algoritmos. Se nos manipula emocionalmente con una intención: que no veamos la realidad. ¿Y cuál es esa realidad? La terrible inequidad que se extiende por nuestro planeta, dividiéndonos cada vez más en una creciente masa de quienes pierden y una minoría que gana y se va quedando con la mayoría de los recursos materiales y económicos del planeta. Hablamos mucho de pobreza, pero poco de la inmoral riqueza de unos pocos, que utilizan su poder económico casi infinito para influir sobre la política, los gobiernos y los medios de comunicación para continuar extrayendo riqueza del sacrificio de miles de millones de personas (y pagando muy pocos impuestos, de paso sea dicho).

Se conjugan dos fenómenos concurrentes: por un lado, la inequidad mundial, las guerras y la crisis climática hace que millones de personas en los países más pobres vean como única salida posible migrar hacia los ricos países del norte global. Estos países ricos, en vez de asumir su responsabilidad en el permanente subdesarrollo en los países que les proveen de materias primas, e invertir fuertemente en su desarrollo, para que nadie se sienta presionado de migrar, culpabilizan a las personas migrantes de su situación y buscan construir barreras cada vez más perfectas para frenarlas.

Al mismo tiempo, al interior de los países del norte, años de neoliberalismo sin muchos controles han permitido el crecimiento desvergonzado de las grandes fortunas en medio de una creciente estrechez de recursos donde millones viven bastante ajustadamente con salarios mínimos e incluso personas de buen pasar miran su futura vida de jubilación con preocupación. En ese contexto, en vez de atacar la inequidad, se desvía la atención de la mayoría hacia las personas migrantes, culpabilizándolas de una situación de la que no son causantes, sino víctimas.

Entonces, nuestra atención es desviada hacia los supuestos males que trae la migración para que no veamos la real maldad de un sistema que nos explota a toda la humanidad y destruye el medio ambiente, anulando las condiciones necesarias para una vida digna y abundante para todas las personas.

La Biblia ya nos advierte en contra de culpabilizar a las personas migrantes. Por eso innumerables pasajes de nuestro libro sagrado llaman a las personas de fe a cuidar de las personas extranjeras, a protegerlas, a aceptarlas como parte de la propia comunidad. (Dt 10:19; Lev 19:33-34; Jer 7:5-7; Ez 47:22)

Es hora de despertar y ser una voz profética, llamando las cosas por su nombre. Quienes seguimos a Jesús debemos oponernos a la estigmatización de las personas migrantes y fomentar su inclusión. Pero sobre todo debemos luchar contra las condiciones que obligan a una persona a migrar, y desenmascarar la manipulación a la que nos someten quienes sólo adoran a Mamón. Mientras siga existiendo inequidad y una injusta distribución de la riqueza, las personas seguirán teniendo que migrar contra su voluntad.

Esa es la tarea que estamos llevando adelante en ACT Alliance. La alianza reúne a las mayores organizaciones cristianas e iglesias que trabajan en ayuda humanitaria, desarrollo humano e incidencia pública del norte global con sus contrapartes en todo el planeta, abarcando 164 miembros en 127 países. En Alemania son miembros Pan para el Mundo, Diakoniekatastrophenhilfe y Mission EineWelt. También es miembro en Sudamérica mi organización, Hora de Obrar, el brazo diacónico de la IERP, y actualmente me toca ocupar el cargo de moderador de la Junta de Gobierno de ACT.

En ACT procuramos unificar todos los esfuerzos a favor de las personas migrantes en una única voz global frente al sistema de Naciones Unidas y los diferentes espacios políticos regionales, como la Unión Europea y otros, reclamando la plena vigencia de los derechos humanos, con condiciones más justas para las personas migrantes y más recursos económicos para los países que menos tienen, con especial atención a los contextos de guerra y de desastre climático. Pero en ACT también llamamos la atención de gobiernos, personas y medios de comunicación sobre la drástica reducción del espacio habilitante para la sociedad civil y el avance de agendas regresivas anti derechos, a caballo de la manipulación digital y financiada por intereses económicos ultraconcentrados y antidemocráticos.

Son tiempos difíciles. Pero el cristianismo verdadero, aquel que ha sabido ser profético y solidario, nunca lo ha tenido fácil. Llevamos 2.000 años de lucha entre el bien y el mal. A veces las iglesias hemos estado del lado incorrecto de esa lucha. Ojalá sepamos estar ahora junto a las personas oprimidas, estigmatizadas, rechazadas y empobrecidas. Ojalá seamos capaces de dar testimonio de un reino diferente, el reino al que nos llama Dios.

“Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.” (Mateo 25:35-36)

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