En lo esencial, unidad. En las diferencias, respeto. En todo, amor.

Cada año, la Pascua vuelve a colocarnos frente al corazón del mensaje cristiano: la vida es más fuerte que la muerte, la esperanza es más fuerte que el miedo y el amor es más fuerte que todo lo que intenta dividirnos.
¿Qué significa hoy vivir la resurrección en nuestras comunidades, en nuestras iglesias y en nuestra sociedad? En tiempos donde la polarización atraviesa tantos espacios de la vida pública, la iglesia está llamada a permanecer unida en lo esencial como cuerpo de Cristo.
Una antigua máxima del cristianismo lo expresa con claridad: “En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo, amor.” Esta frase, surgida en el contexto de profundas discusiones entre las iglesias evangélicas después de la Reforma en Europa, sigue resonando hoy como un llamado a la humildad y al encuentro.
El apóstol Pablo lo explica con una imagen poderosa en la Biblia: la iglesia es como un cuerpo. Muchos miembros, muchas funciones, muchas diferencias, pero una misma vida que los sostiene. “Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros… así también es Cristo” (1 Corintios 12:12).
La diversidad es parte de la riqueza de la comunidad cristiana y lo que la sostiene es el amor. Por eso, en este tiempo de Pascua queremos volver a mirar el lugar donde esa unidad se vuelve real, la expresión concreta del amor: la diaconía.
La diaconía es el servicio al prójimo animada por el amor de Cristo. Es la expresión práctica del evangelio cuando la fe se transforma en acción. Cuando la iglesia acompaña a quienes pasan hambre, cuando sostiene espacios comunitarios, cuando camina junto a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad, cuando defiende la dignidad de cada persona, cuando cuida el medio ambiente.
En ese servicio compartido la comunidad se vuelve a encontrar. La diaconía nos vuelve comunidad y nos transforma. Servir juntos y juntas nos une en la fe y en el amor.
Así sucedía en las primeras comunidades cristianas, como relata el libro de los Hechos: perseveraban en la comunión, compartían lo que tenían y nadie quedaba desamparado o desamparada (Hechos 2,42-47). La fe se hacía visible en la vida cotidiana.
La diaconía es un signo concreto de esa esperanza. Espacios comunitarios, proyectos sociales, acompañamiento a personas en situación de vulnerabilidad y múltiples iniciativas nacidas en las comunidades de fe sostienen cada día ese compromiso.
En esta Pascua queremos renovar ese llamado: apostar por una iglesia que se une para servir.
En lo esencial, unidad.
En las diferencias, respeto.
En todo, amor.
¡Un bendecido tiempo pascual les desea la Fundación Hora de Obrar!
La Fundación Hora de Obrar acompaña y fortalece ese trabajo para que la solidaridad de las iglesias pueda llegar más lejos. Si querés ser parte de este compromiso y fortalecer el trabajo diacónico de las comunidades, podés colaborar con una donación a la Fundación Hora de Obrar. Con tu aporte, impulsamos proyectos que cuidan, acompañan y defienden la dignidad de quienes más lo necesitan.