La Cigarra: la casa que la comunidad de Gualeguaychú abrió para la infancia y sus familias

En el salón de la congregación, más de setenta chicos y chicas cocinan, juegan, estudian y aprenden a cuidarse entre sí, mientras sus familias se suman a sostener el espacio. Así late La Cigarra, la obra diacónica de la CESA que abrió las puertas de la iglesia a toda la ciudad.

A la hora de la siesta, cuando en Entre Ríos parece que todo se detiene, el salón de la comunidad evangélica de Gualeguaychú se llena de vida. Hay olor a budín recién salido del horno, chicos y chicas que juegan a la mancha con sus profes, mamás que se quedan a lavar los utensilios y una ronda donde alguien pide por el techo de su casa o por un amigo que está pasando un mal momento.

Eso es La Cigarra, el proyecto diacónico con el que la Congregación Evangélica San Antonio (CESA), de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, decidió hace más de quince años abrir sus puertas y salir al encuentro de su ciudad. Fuimos a conocerla, y nos encontramos con una comunidad que se organiza para cuidar.

Un bicho que canta a la siesta (y que a veces incomoda)

Norma Hermann es trabajadora social y acompaña el proyecto desde sus comienzos. Cuando le preguntan por el nombre, explica que la cigarra es un bicho bien entrerriano: anda a la siesta, hace ruido, molesta. “Y la diaconía en las iglesias muchas veces cumple ese rol de molestar, de incomodar, de decir: ¿qué pasa acá?”, cuenta.

El nombre guarda otras capas. Los primeros talleres se hicieron en ese horario porque era el tiempo libre que tenían para dedicarle al servicio. Y también es un guiño a la canción de María Elena Walsh, esa que habla de una vida que cae muchas veces y vuelve a levantarse. Norma no duda en leerla en clave de resurrección: “Es Jesús mismo quien nos invita a abrir las puertas, quien nos lleva de su mano a caminar junto con otros”.

La Cigarra dio sus primeros pasos en 2009 y desde 2011 no paró. Recorrió barrios de la ciudad como el Eva Perón y Médanos, y hoy funciona en el Salón Esperanza, la sede de la comunidad. “Es nuestra casa”, resume Norma.

La idea que le dio origen sigue intacta: abrir la comunidad hacia afuera, ofrecer un espacio de escucha, contención y promoción de derechos para niñas, niños, adolescentes y mujeres, y acercar el Evangelio a quienes no conocen la vida de la iglesia. Buscar, en palabras de Norma, nuevas formas de ser iglesia. “Mostrarles a los chicos que la iglesia también es hacer un taller de cocina, encontrarse con mujeres, hablar con los adolescentes. Y que otro mundo es posible.”

De la puerta para adentro

Hoy La Cigarra sostiene talleres de cocina para distintas edades, apoyo escolar, un taller de emociones y un taller de velas para mujeres. Cada quince días, los sábados, la catequesis reúne a unos veinticinco chicos y chicas. Y en el medio de todo, siempre, la merienda que preparan las voluntarias.

En el taller de emociones se juega, se escucha y se medita. Se habla de bullying, de respeto, de cómo comunicarse y también de la alegría. Melanie, una de las talleristas, lo explica así: “Queremos que los chicos y las chicas se lleven herramientas para gestionar sus emociones, su autoexigencia, su manera de vincularse, y que reconozcan sus talentos para ponerlos al servicio de otros”. Ana tiene diez años y todavía se acuerda del juego del ovillo de lana, cuando entre todos armaron una telaraña. Viene, dice, “a jugar con mis compañeros, a dibujar, a olvidarme de todo lo malo que me pasa”.

La cocina enseña mucho más que recetas. Patricia, mamá de Tadeo, lo vio en su hijo: “Se lleva paciencia, que es algo que va aprendiendo de a poquito. En la cocina tenés que aprender a esperar: si algo tiene que leudar, tiene que leudar, y después se tiene que enfriar para probarlo”. Su marido trabaja afuera de lunes a viernes, así que cada viernes Tadeo repite en casa la receta del miércoles para mostrársela a su papá. Baltasar, de once años, ya tiene claro para qué le sirve: “Puedo aprender para cuando sea grande, para ayudar a mi mamá”. Con los adolescentes el desafío crece: manejar el horno, ordenar, lavar y, por qué no, animarse a un emprendimiento propio para vender los fines de semana.

En apoyo escolar se mezclan chicos de distintas escuelas que no se conocían. Antonella, una de las talleristas, busca que aprendan “de un modo más dinámico y divertido” y que compartan con otros. Betina Wagner, de la congregación, recuerda una escena: la de un chico que llega con la libreta, después de haber trabajo duro por una materia, y le dice a la seño “mirá, aprobé”. “Es una alegría compartida”, dice.

Hay algo que llama la atención apenas se entra: nadie está con el celular. Natalia, que coordina La Cigarra, cree que ahí hay una pista. “No es solo la crisis económica que estamos pasando todos. Me parece que también hay una crisis en lo vincular, y La Cigarra ofrece eso: ser sostén, ser integración.” Llegan chicos de la manzana de al lado, del barrio del cementerio, del barrio norte. “Hay una mezcla impresionante, y acá se igualan, no hay diferencias”, cuenta. “Los chicos se apropiaron de este lugar. Hicieron de La Cigarra un hogar.”

Una fe que se agradece en voz alta

Cada mes, los talleres se organizan alrededor de un eje común: Pentecostés, los dones, el cuidado de la creación, los derechos humanos, el Día de la Niñez. “La diaconía es acción, pero también hay que tener un sentido para dirigir esa acción”, explica Natalia. Así, en cocina se trabaja con recetas inspiradas en los árboles, y en emociones Melanie conecta el cuidado de la autoestima con el cuidado del ambiente, “porque nosotros también somos parte de la creación”.

La fe aparece en gestos simples. Una de las talleristas de cocina, que además es catequista, cuenta que con los chicos siempre agradecen: por estar ahí, por lo que tienen, porque sus familias los traen. “Y los chicos piden mucho también. Piden por su casa, por su techo, por algún amiguito que está mal, por alguien que está enfermo.” Para Patricia, eso es justamente lo que hace distinto a este lugar: “Agradecer por poder hacer una comida, hoy en día, como están las cosas, es un montón”.

Nada de esto cierra puertas. Muchos de los chicos no pertenecen a la comunidad, y la catequesis de los sábados también está abierta a quien quiera sumarse. Betina lo observa con alegría: hay chicos que llegaron por un taller y se quedaron en catequesis, y otros que venían a catequesis desde hace años y se anotaron en cocina o en emociones.

Familias que llegan y se quedan

El taller de velas nació de una ofrenda. Una mamá de una de las nenas se acercó y dijo que sabía hacer velas y que quería enseñar. Armó una propuesta de ocho encuentros, y lo que pasó superó cualquier plan. “Se formó un grupo hermoso. Venimos, nos reímos, aprendemos, nos abrazamos, lloramos”, cuenta una de las participantes. Hay mamás de los chicos que van a los talleres, catequistas, vecinas, señoras grandes que no esperaban encontrar un espacio así. El último encuentro tuvo aire de despedida, con todas preguntándose qué iban a hacer después. No duró mucho, ya se habla de bordado, ya hay anotadas para una nueva edición.

Para muchas de esas mujeres, que cargan con buena parte del cuidado de sus casas, esa hora y media es tiempo propio. Una comunidad de fe que cuida ese tiempo también está diciendo que el cuidado no puede recaer siempre en las mismas manos, y que quienes cuidan merecen ser cuidadas.

La misma participante lo resume con una frase que podría ser el lema de todo el proyecto: “Ya no es vengo y me voy. Vengo y soy parte de este espacio. Soy la que pone las sillas, la que guarda, la que lava. Es mi lugar. Y que sea mi lugar es un montón”.

Esa pertenencia se ve en todos lados. Las mamás se turnan para ayudar en cocina y lavar, así el taller rinde más. Donan packs de leche, kilos de harina, materiales de arte. Alguna bordó el logo de La Cigarra para coserlo en los delantales. “Uno nota a la familia presente”, dice Patricia, “y eso los chicos lo van a ver en el futuro: que mamá, papá, alguien estuvo acompañando en algún momento de su vida”.

La mamá de Juanita conoció La Cigarra por un cartel en la iglesia, y ya hace un par de años que su hija viene. Juanita es más bien introvertida, y acá encontró un grupo de amigas y unas profes que le tienen “mucho amor, mucho cariño y mucha paciencia”. “Hay mucha humanidad acá, mucha contención”, dice su mamá.

Una congregación que aprendió a servir tejiendo

La Cigarra no surgió de la nada. Es parte de una tradición diacónica que la Congregación Evangélica San Antonio viene construyendo hace décadas. Betina Wagner es catequista desde hace muchos años, presidió la congregación durante seis y hoy acompaña la parte administrativa de La Cigarra. Ella conoce esa historia de adentro.

La CESA reúne diez comunidades, urbanas y rurales, cada una con su impronta. “Siempre cuentan que la diaconía surgió de las mujeres”, recuerda Betina. Eran los grupos que cosían, arreglaban ropa y tejían mantas para los chicos o para llevar a los hospitales. “Ahí empieza a nacer este sentido del dar, del hacer algo, de buscar dónde poder ayudar.”

De esa raíz crecieron cuatro obras que hoy sostiene toda la congregación: la caja de emergencia, que presta elementos ortopédicos y acompaña con ayuda económica en situaciones de salud; el hogar de adolescentes de Urdinarrain, hoy convertido en centro de día; la colonia de ancianos, que acaba de cumplir treinta años; y La Cigarra, la más joven de la familia.

Para Betina, lo que las une va más allá de lo institucional. “El mandato de Jesús es salir, hacer, dar testimonio de amor. Cada una de las obras diacónicas está atravesada por ese amor, por esa entrega de Jesús sin pedir nada a cambio.” Y cuando le preguntan qué cambia en una iglesia que se compromete con el servicio, no esquiva las tensiones. “A veces hubo algunas rispideces, pero construyen. Porque dejamos de ser siempre los mismos. Empezamos a abrirnos, a mirar diferente, a construir diferente.”

Las que cuidan también son transformadas

Quienes hacen La Cigarra hablan de ella con una mezcla de orgullo y ternura que se contagia. Norma lo pone en primera persona: “En todos estos años fui transformada por el proyecto, así como el proyecto también es otro distinto al que nació. Me transformó en mi modo de ser, de construir la iglesia, de pertenecer a ella. Me llevo muchas alegrías y el saber que solamente con otros se puede construir un mundo diferente”.

Una de las talleristas de cocina empezó como alumna, en un taller de arte con materiales reciclados. A mitad de año faltó una seño, una compañera le dijo “dale, acompañame”, y nunca más se fue. Prefiere estar detrás, sin figurar, pero se le ilumina la voz cuando habla de lo que recibe: “Paz. Tranquilidad. Haber hecho algo por alguien sin pedir nada a cambio. Que te vean en la calle y te digan ‘hola, seño’, ‘gracias, seño’. Las caritas de ellos son suficiente”. Y agrega: “Yo entro acá, de la puerta para adentro, y para mí es otro mundo”.

Natalia se emociona antes de terminar la frase. Durante mucho tiempo sintió que no encontraba su lugar, hasta que llegó acá. “Siento que no venimos solamente a trabajar. Venimos a dejar una huella en las personas.”

Que la cigarra siga cantando

Este año, gracias a un trabajo de equipo muy comprometido para dar a conocer los talleres, La Cigarra pasó a recibir más de setenta chicos y chicas. Hay otros veinte esperando un lugar: diez para cocina y diez para el taller de adolescentes. La merienda también se duplicó, y con ella lo que cuestan las cosas.

El entusiasmo choca con límites muy concretos. Las mesas y los banquitos están contados, y algunos ya se rompen. Hace falta una sartén, arreglar una canilla, sumar un baño para que quince chicos no tengan que esperar afuera. “Trabajamos con los utensilios contados, con las mesas contadas, y eso te condiciona a recibir menos personas”, explica Natalia. Betina lo dice con la misma claridad: “Podríamos trabajar con más niños, pero tendríamos que abrir otro taller, tener otra tallerista”.

Hay también una necesidad menos visible y muy urgente. Con diecinueve adolescentes participando, aparecen temas dolorosos como el bullying, las adicciones y la salud mental. El equipo quiere acompañarlos bien, y para eso necesita formarse y poder convocar a profesionales especializados. Al mismo tiempo, cuida a sus talleristas para no sobrecargarlas, porque trabajar con chicos es hermoso y también desgasta.

Cada siesta en el Salón Esperanza confirma algo que la congregación sabe desde hace tiempo: con muy poco se puede hacer muy felices a muchos. Imaginá lo que puede pasar con un poco más. Más mesas y banquitos para que nadie se quede en lista de espera. Más utensilios y materiales para que cada taller rinda lo que puede. Más talleristas y más formación para acompañar a los adolescentes en lo que les duele.

Podés ser parte de esta historia con una donación a través de este link. Cada aporte se transforma en una merienda compartida, en una receta que llega a la mesa de una familia, en un lugar más para un chico que hoy está esperando.

Si vivís en Gualeguaychú o andás cerca, también podés acercar útiles, materiales de arte o de cocina, utensilios o repasadores al Salón Esperanza, en Santa Fe 144. Y si no podés donar, hay gestos que también suman, como dice Betina: compartir un flyer, ponerlo un rato en tu estado de WhatsApp, ir a la muestra de fin de año a ver lo que hicieron los chicos. A veces un pequeño gesto es un montón.

La Cigarra canta a la siesta para que nadie se olvide de que la iglesia también es esto: una mesa llena de harina, una ronda de oración por el techo de un amigo, una mamá que siente que encontró su lugar. Sumate para que ese canto llegue cada vez a más personas.

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