Dios nos dio la Tierra para habitarla, cuidarla y compartirla

En un contexto global atravesado por la crisis climática y por debates en torno al uso de los bienes naturales, se vuelve necesario recuperar una pregunta de fondo: ¿cómo habitamos la Tierra? 

En el marco del Día Mundial del Agua, y el debate por la reforma a la Ley de Glaciares en Argentina, esta reflexión adquiere una urgencia particular. El acceso al agua, la protección de los ecosistemas y el cuidado de bienes comunes como los glaciares no son discusiones técnicas aisladas.

La creación: un don que implica responsabilidad

La tradición cristiana entiende la Tierra como un regalo de Dios. No es un bien cualquiera ni una mercancía disponible sin límites. Como señalaron líderes ecuménicos en el marco de la Conferencia de las Partes por el Cambio Climático, “la creación es un regalo de Dios y estamos llamados a ser sus mayordomos”. (Génesis 2:15)

Esto implica una responsabilidad concreta: no somos dueños absolutos, sino administradores. La fe no niega la producción ni el desarrollo, pero sí interpela la forma en que lo llevamos a cabo.

El desafío no es elegir entre producir o cuidar, esa es una falsa dicotomía. El problema aparece cuando el desarrollo se construye a costa de otros; de comunidades desplazadas, de territorios degradados o de generaciones futuras que heredarán un ambiente deteriorado. Hoy, desde organismos internacionales y espacios interreligiosos, se advierte que las poblaciones que menos contribuyeron a la crisis climática son las que más sufren sus consecuencias. Por eso, desde la fe, hablar de creación es también hablar de justicia.

No hay desarrollo posible sin condiciones ambientales que lo sostengan. El agua, los suelos fértiles, los ecosistemas equilibrados son la base misma de cualquier proyecto productivo. En ese sentido, la discusión sobre la protección de los glaciares —reservas estratégicas de agua dulce— resulta central. Su preservación no responde solo a una preocupación ambiental, sino a una necesidad vital para las generaciones presentes y futuras.

El límite como condición de vida

La fe aporta una clave que muchas veces queda fuera del debate: la importancia del límite. El concepto bíblico del jubileo propone dar descanso a la tierra, permitir su regeneración y evitar su agotamiento. No se trata de dejar de producir, sino de hacerlo de manera que no destruya las condiciones que hacen posible la vida.

Hoy sabemos que el uso excesivo de los recursos naturales tiene consecuencias concretas: crisis hídricas, pérdida de biodiversidad, eventos climáticos extremos. Ignorar estos límites no es progreso, es riesgo.

Cuidar la Tierra es cuidar la vida: un cambio necesario y posible

No hay oposición entre el bienestar humano y el cuidado ambiental. Sin agua, no hay vida, sin suelos sanos, no hay alimentos, y sin equilibrio climático, no hay futuro posible. Por eso, el compromiso con la creación es inseparable del compromiso con la dignidad humana.

Sabemos que no siempre hemos sido buenos administradores de la creación. La emergencia climática es también un llamado a revisar nuestros modelos de producción, consumo y desarrollo. Es una oportunidad para construir alternativas: formas de producir que regeneren, economías que incluyan y comunidades que pongan la vida en el centro. 

En palabras del pastor presidente de la Iglesia Evangélica del Río de La Plata, Leonardo Schindler, “las personas de fe sentimos que Dios nos ha encomendado el planeta para habitarlo, cuidarlo y compartirlo.”

Desde Hora de Obrar creemos que otra forma de habitar la Tierra es posible: una donde el desarrollo no se mida solo en crecimiento económico, sino también en justicia, cuidado y sostenibilidad.

No se trata de elegir entre humanidad o planeta. Se trata de preguntarnos qué tipo de humanidad queremos ser y en qué mundo queremos vivir.

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