En Misiones y Paraguay, quienes producen alimentos sostienen comunidades enteras, pero enfrentan fuertes desigualdades en el acceso a tierra, crédito y decisiones.

En 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el Año Internacional de las Mujeres Agricultoras, una iniciativa impulsada junto a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura para visibilizar el papel de las mujeres en los sistemas agroalimentarios y promover avances hacia la igualdad de género en el campo.

En los territorios rurales, este trabajo tiene rostro e historia. “Soy guardiana de semillas porque las siembro, las cuido y las cosecho”, cuenta la misionera Betty Zemunich.
A nivel global, las mujeres representan alrededor del 43% de la fuerza laboral agrícola en los países en desarrollo y cerca del 37% de la población agricultora mundial. Participan en pequeñas explotaciones, huertas familiares y economías rurales de subsistencia. La contribución contrasta con las brechas estructurales:
- Menos del 20% de las tierras agrícolas del mundo están bajo titularidad femenina, tienen menos posibilidades de acceder al crédito, la tecnología, los mercados y a los espacios de decisión.
- En Argentina apenas el 20% de las explotaciones agropecuarias están bajo dirección de mujeres.
- En Paraguay el 38,3 % de las fincas están gestionadas por mujeres, y apenas el 22 % de ellas accede a financiamiento agrícola frente al 74,6 % de los hombres
Las desigualdades se reflejan en el acceso a la tierra, los recursos productivos y la participación en las decisiones. “Encontrarme con otras mujeres marcó un antes y un despuésen mi vida. Aprendí a cuidar mi huerta, pero también a conocer mis derechos. Entendí que mi voz vale. Si no soltamos la mano de la otra, vamos a seguir avanzando. Juntas somos más fuertes”, dice Ada Primitiva Peralta del Comité Tembiaporá Rekavom en Paraguay.

En la provincia de Misiones, donde predomina la agricultura familiar campesina e indígena, las mujeres participan de forma central en la producción de alimentos para el consumo local, la conservación de semillas nativas y el cuidado del suelo y del monte. Su presencia es fuerte en huertas familiares, ferias y circuitos de venta directa que sostienen economías locales. Sin embargo, enfrentan limitaciones en el acceso a recursos productivos, capacitación y mercados.
Las agricultoras no sólo sostienen la vida cotidiana de sus comunidades mediante la producción, procesamiento y comercialización de alimentos. También son clave en la gestión de recursos naturales y guardianas de prácticas productivas adaptadas a entornos frágiles frente al cambio climático.

“Juntas vamos a conquistar lo que nos pertenece”, afirma Wirlene Schmechel, referente de la Mutual de Agricultores Familiares del Alto Uruguay en Misiones.
En el marco del 8 de marzo, estas experiencias muestran cómo las desigualdades de género atraviesan el trabajo rural y la producción de alimentos, pero también cómo las mujeres organizadas impulsan cambios en sus comunidades.
Desde hace más de una década, el Servicio Evangélico de Diaconía (SEDi) y Fundación Hora de Obrar acompañan procesos de fortalecimiento con familias agricultoras y organizaciones de mujeres rurales en Misiones y en Alto Paraná, Paraguay. A través de espacios de formación, encuentros comunitarios y trabajo en red, impulsan la participación de las mujeres, el intercambio de saberes y la construcción de alternativas que fortalezcan la soberanía alimentaria y la vida en los territorios.